residencia en nueva york 2015

KRZYSZTOF MANIAK

Una semana después de mi vuelta decidí describir mis impresiones relacionadas con mi estancia de un mes en Nueva York. Resulta que no es tan fácil.

Sobre la estancia podría escribir hasta el infinito, adentrándome en detalles tales como el olor del océano en la playa de Cony Island, los cambiantes matices del marrón de las casas en Brooklyn, el sabor de la sopa Tom Kha en uno de los bares tailandeses en 2 Av, o la temperatura del agosto comparable con la de una sauna, cuando al salir del metro climatizado nos chocábamos con el aire que quemaba. Sueños incumplidos, esperanzas, imágenes y sabores que siempre me recordarán mi primera vez en Nueva York.

Pero este tipo de descripción quisiera dejar para el futuro. Esperar a que el tiempo objetive algunas impresiones y que haga más nítidas otras, y que decida si tengo que volver a NY o no volver allí nunca más- igual que no se puede descender dos veces al mismo río. Ahora no sé, lo mejor será hacer simplemente un relato, en modúlos que conciernen a las palabres claves de este viaje:

La escala:

Cada persona que estuvo en Nueva York  dirá que la escala de esta ciudad es impresionante. La escala es un aspecto muy importante para mi, tanto en mi obra, como en la vida diaria. Hasta ahora se limitaba a los setenta mil habitantes de Tuchów donde pasaba la mayoría del tiempo. Ahora incluso Cracovia (donde estudié y que siempre me parecía grande) parece ser pequeña, probablemente no mucho más grande que Brooklyn, y recordemos que este barrio, aunque el más grande, es uno de cinco barrios de esta ciudad. No solo la superficie, sino también la altura y seguramente la profundidad, dan la impresión de mucha densidad, de estar lleno de millones de trayectos, laberintos, cada día atravesados por una multitud de seres desconocidos.

Si no hubiera ido a Nueva York con mi novia, no habría conocido a nadie en esta ciudad, a pesar de que las vidas de las personas que al final conocí transcurrían durante todo el tiempo de manera paralela. Deslumbramientos sencillos en la frontera entre banalidad y estupidez me acompañaban todo el tiempo durante este viaje. Iluminaciones iguales a las que tenía cuando empecé a reconocer las calles, lugares y finalmente me atreví de modificar mi camino y coger un atajo. La aparente harmonía que estaba construyendo durante el viaje en metro se derritaba al salir de la estación. En la rapidez de la vida que me rodeaba no tenía tiempo de parar, corriendo pensaba sobre el asunto de la residencia, las posibilidades de crear y lo que es el descanso.

El arte:

Unos museos famosos que cada turista en Nueva York tiene que visitar. Este “tiene que” hace que los museos están abarrotados de visitantes y era difícil contemplar el arte, más bien se le echaba un vistazo, detrás de los hombros de personas permanentemente sacando fotos. Porque cómo no ver los bonitos fondos del Antiguo Egipto en Metropolitan si se tiene la oportunidad. La moda inspirada con el arte chino, tres exposiciones paralelas de Basquiat, Warhol y también el arte polaco que esta temporada está presentado en los mejores Museos del Mundo. Me sorprendió sobre todo la arquitectura de estos sitios, su infraestructura, fuerza. También la fuerza en cuanto al aspecto comercial, miles de recuerdos para comprar en tiendas que parecen supermercados. Platos, saleros, exprimidoras de limones diseñados por estrellas del arte actual, en ediciones limitadas, atraían no solo por su diseño sublime, sino también por los artistas que había detrás de ellos, artistas que hicieron realidad de su “american dream”, tan de moda en el contexto de Nueva York.

El segundo pilar del arte son las galerías imposibles de contar. En una calle de Chelsea hay tantas galerías como en toda Varsovia, por no hablar de otras calles y barrios como SoHo, aunque allí encontramos más tiendas de arte que ofrecen los trabajos de los mejores artistas, pero en general en ediciones enormes, como fue en el caso de la obra de Hirst. Y es que en Harlem, Bushwick y algunos sitios en Queens también hay muchas galerías.

Lugares:

Por supuesto no estuvimos en todos los lugares donde nos hubiese gustado estar. Hay que aceptarlo ya al principio de la estancia. Cada día son dos o tres lugares a los que se puede llegar y disfrutar si están cerca. Si es un día de encuentros, por ejemplo en el centro residencial, hay que reducir el plano para la tarde a un solo lugar, mejor todavía si se encuentra en el trayecto de nuestra línea del metro. En realidad no importa donde nos bajemos, siempre encontraremos algo interesante, entendido como “recomendado por el guía”. Después de tres semanas ya teníamos nuestros lugares preferidos. Prospect Park, a una calle de nuestro piso, Central Park donde se podía tumbar entre los árboles en el cesped mirando los rascacielos que estaban detrás. Geenwich Village, Williamsburg, Little Italy, donde siempre parecía que iba a llover y “nuestro” barrio junto a  Fort Hamilton Pkwey en Brooklyn. Pero en la mayoría de los sitios estuvimos solo una vez, como en el Manhattan de norte en Cloisters, medievales claustros europeos trasladados de Francia a Estados Unidos. Coney Island, Roosevelt Island, Highline o el triste, pero con mucho ambiente, Greenpoint donde bebimos uno de los mejores cafés servido por un camarero que se parecía a Hugh Jackman con el tatuaje en el cuello. Es difícil enumerar, había demasiadas cosas, bibliotecas, plazas tan pequeñas que solo tenían un banco, cafés y restaurantes, cada día algo nuevo y si algo empezaba a ser rutina, esta solo tenía ventajas.

Los viajes:

El vuelo directo a Nueva York transcurrió sin problemas. A tiempo, rápido, por la tarde. Del avión me acuerdo de unas imagenes que me impresionaron mucho y durante mucho tiempo eran el número uno en mis relatos sobre este viaje. Con el fuerte sol de la tarde (tiempo local) vimos a la gente levantándose de los asientos. La mayoría pasó a un lado del avión y pareció que con esta maniobra el avión se inclinó a un lado. La vista de la ventana fue impresionante. Me arrepentía de habernos sentado en la fila de mitad y no cerca de la ventana. Tuve que observar la vista desde las espaldas de los pasajeros. Algún italiano me hizo una foto. Volamos encima de Grenlandia. Después de un rato encontré una ventana libre al lado de los servicios y por fin pude disfrutar de la vista, el ordenador del bordo mostraba 50 grados centígrados, la altitud del vuelo fue cerca de nueve mil metros encima de la tierra. El horizonte fue encorvado, fue el fin del mundo. Solo esperaba ver un pingüino corriendo, como en la película de Herzog, lo único que en la película era el hemisferio del sur. El sol de la tarde iluminaba la nieve con unos bordes dorados, el cielo era azul y las rocas estaban muertas, de color del mar, obstruidas con el hielo. Cuando empezamos a bajar para aterrizar, el avión dio una vuelta en posición lateral  en relación al océano. Entonces toda la vista por la ventana se cubrió de agua. Una masa, sin  horizonte y sin bordes. Su superficie oscura se llenó de tonos violetas, las olas parecían hilos de color de arena. El día llegaba a su fin. En el viaje de vuelta la imagen, aunque igual de mágica, ya era previsible. La bola blanca del sol amanecía encima del cielo rojo. Por la ciudad viajábamos sobre todo en metro. No vimos mucho porque va principalmente bajo la tierra. Todo parecía igual, el color negro detrás de las ventanas, la luz blanca,  los colores poco originales. Solo algunas estaciones se encuentran en la superficie. Por ejemplo Smith- 9 strs, de donde siempre se podía ver el Puerto y la Estatua, también por última vez. Desgraciadamente no nos dio tiempo de salir de la ciudad.

El piso y la Residencia:

Tengo que reconocer que este viaje sería imposible sin el concurso El Viaje Artístico Hestia. Un mes en Nueva York es un lujo que pocas personas en su vida adulta se pueden permitir. Un piso bonito en buena localización, en un barrio tranquilo y bien surtido. La prestigiosa residencia en uno de los centros más dinámicos, como es RU, que ofrece muchos contactos y posibilidades, es un sueño de cada artista joven. Admito que al principio dudaba la necesidad de este viaje, pero ahora repetiría cada día de esta estancia. No sé que beneficios “materiales” sacaré de este viaje para el futuro, si los contactos establecidos tendrán su continuidad, si las fotos sacadas en Nueva York serán percibidas, ahora no es importante. Tan solo la experiencia de cambiar el sitio, sumergirse en otro, vertiginoso ritmo de vida durante un periodo largo y a la vez simbólico será para mi una experiencia valiosa y con muchas repercuciones.